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06:55h. Jueves, 25 de Abril de 2019

Mi Camino - Primera parte: León-O Cebreiro

Como toda provincia por la que pasa el Camino de Santiago, León tiene su encanto. Cuanto más al este, el paisaje es árido, más bien seco, con unos andaderos muy largos que no parecen tener fin. Pero a  medida que avanzas hacia el oeste, el panorama cambia claramente: empiezan las subidas, las bajadas, El Bierzo... Empieza lo verde.

Como toda provincia por la que pasa el Camino de Santiago, León tiene su encanto. Cuanto más al este, el paisaje es árido, más bien seco, con unos andaderos muy largos que no parecen tener fin. Pero a  medida que avanzas hacia el oeste, el panorama cambia claramente: empiezan las subidas, las bajadas, El Bierzo... Empieza lo verde.

Las jornadas que van desde León a O Cebreiro (Lugo) vienen marcadas por la inexperiencia, la novedad, la frustración, el conocimiento y el aprendizaje. Con inexperiencia me refiero a que no sabes qué hacer en ciertos momentos. Por ejemplo, cuando llegas a un albergue y te instalas, debes procurar hacer el menor ruido posible, invadir el mínimo espacio. Son pequeños detalles que vas adquiriendo a medida que se suceden los días. Pasas de hacerlos con mucho sigilo a realizarlos de manera metódica (aprendizaje): llegar, sellar, hacer la cama, ducharse, prepararse para el día siguiente, salir de la habitación.

La frustración, en este caso, es ver que el cuerpo tiene unos límites: los tuyos. No puedes pretender tener la misma resistencia o capacidad que otra persona, aunque ésta tenga 70 años. Tú tienes un límite y debes respetarlo. No intentes picarte con otro, porque después el cuerpo te pasará factura.

Y la novedad, algo tan sencillo como despertarse cada día, ponerse en marcha y ver que nada es igual al día anterior. Cada paso que das tiene algo nuevo, algo especial. Cada lugar, cada albergue... Es la esencia del Camino.

Cuando empiezas, tienes un objetivo claro: llegar a Santiago. Pero es verdad que en cada rincón que paras a descansar te quedarías para siempre. No hay ciudad o pueblo que no haya tenido su encanto en todo el recorrido, ya sea por el trato, por el ambiente, por el sabor del pan... No hay lugar que no recuerde con cariño.

Las jornadas transcurrieron perfectamente, con alguna que otra molestia física compensada con lo que estaba haciendo, viendo y aprendiendo. Decidí no albergarme en ciudades o localidades grandes para poder disfrutar del encanto de cada pueblo, de su gastronomía, de sus cosechas, de los soleados atardeceres  en la más profunda paz.

Anduve una media de 7 horas diarias, en las que caminaba, comía, me relajaba y disfrutaba. Recuerdo los interminables andaderos junto a la Nacional, los saltamontes que me acompañaban en esas cálidas y radiantes mañanas, los cambios de paisaje, el cambio de color. La amabilidad que tuvo la gente al ver que no podía caminar bien, la amabilidad de los hospitaleros.

Recuerdo pueblos como Rabanal del Camino, donde me cuidaron de fábula y pude contemplar uno de los lugares más bonitos que he visto, junto con Molinaseca (con las frías aguas de su río) y Cacabelos, donde comí por primera vez el famoso pulpo a feira. Pueblos tan pequeños como Pereje y ciudades tan sorprendentes como Ponferrada.

La mañana que subía a O Cebreiro (etapa reina de mi Camino), no hacía otra cosa que mirar hacia atrás: contemplaba lo que dejaba. Y también hacia delante, aquello que me esperaba. Es una subida llena de magia, de árboles y olores, una subida temida por todos pero que, una vez llegas a la cima y ves el paisaje, te quedas sin palabras para describirlo, no tienes suficiente vista para abarcarlo. Ya has llegado a Galicia.