Buscar
03:49h. Jueves, 23 de Mayo de 2019

Una sonrisa de 20 kms con desnivel

"Si te gusta correr, tarde o temprano acabarás haciendo la Behobia-San Sebastián". Cuando escuché esta frase, hace tres o cuatro años, yo corría de vez en cuando, más como una manera de coger fondo físico para afrontar alguna que otra caminada de resistencia que como verdadera pasión.

"Si te gusta correr, tarde o temprano acabarás haciendo la Behobia-San Sebastián". Cuando escuché esta frase, hace tres o cuatro años, yo corría de vez en cuando, más como una manera de coger fondo físico para afrontar alguna que otra caminada de resistencia que como verdadera pasión. Pero una cosa llevó a la otra, y los compañeros me animaron a participar en una primera carrera popular de 10 kilómetros, y luego en otra, hasta que me fui poniendo mis propios retos. Siempre muy modestos, pero no por eso dejan de ser retos.

Y también llegó una de esas cenas con los amigos de siempre, donde nos contamos la vida y después de los cafés nos envalentonamos para apuntarnos a cualquier locura deportiva. Me plantearon hacer una media maratón y no me desagradó la idea. Dicen que es la evolución lógica de quienes corren. Eso sí, puestos a estrenarse en esa distancia, mejor hacerlo a lo grande con una Behobia-San Sebastián, que no llega por muy poco a ser media maratón pero tiene un desnivel que compensa. Imagino que alguien gritó en el momento exacto aquello tan peligroso de “¿a que no hay narices?”. Bueno, puede que la palabra exacta no fuera “narices”, pero el caso es que la idea de pasar juntos un fin de semana practicando turismo, gastronomía y deporte en una ciudad como San Sebastián resultaba irresistible. Así que nos inscribimos y reservamos hotel.

Es verdad que en esta edición de 2012 tuvimos que aguantar la lluvia, el frío y el viento, que la espera en esas condiciones en Behobia hasta que te toca cruzar la línea de salida se hace un poco larga, pero todo pasa a un segundo plano cuando te colocas en tu cajón y empiezas a contemplar el ambiente, a escuchar la animación, a sentir la música, a mirar a tu alrededor y observar la manera en que cada cual afronta su particular carrera. Quedan atrás las horas de entrenamiento de las semanas previas para, ahora sí, dejarte llevar y disfrutar todo lo que puedas.

Y he de reconocer que jamás había sido tan feliz en una competición sobre asfalto, de principio a fin. Tardé varios kilómetros en ser consciente de que estaba corriendo, porque me distraía con cada pancarta, con cada mensaje reivindicativo, con cada camiseta, con cada disfraz, con cada niño que te da la mano desde el margen de la carretera, con cada “aurrera”, con cada “aupa”, con cada “vamos, valientes”, con cada palabra asociada al nombre escrito en tu dorsal. Sin darme cuenta, sonreía. Nunca antes en ninguna carrera había sentido pena porque sólo me faltaran cinco, cuatro, tres kilómetros para acabar, ni se me hubiera pasado por la cabeza pensar que llegaría a aflojar tanto el ritmo en el último kilómetro, en la recta que te lleva por la Avenida de la Zurriola hasta la Alameda del Boulevard, para saborear cada instante, cada nuevo grito de ánimo, las caras de alegría y de emoción de quienes cruzan la meta contigo.

Atraviesas la última pancarta, te dan medallas y bolsas cuyo contenido mirarás más tarde. El deseo ahora es ponerte ropa seca y reencontrarte con quienes te han acompañado, saber cómo les ha ido. Eres consciente de que has vivido algo único, y también de que repetirás. Ahora ya sabes con certeza que te gusta correr y, por tanto, tarde o temprano volverás a participar en una nueva Behobia-San Sebastián.