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07:08h. Jueves, 25 de Abril de 2019

Mi Camino - Prólogo

"El Camino de Santiago es como el camino de la vida", me dijo el ciclista que tuvo el valor de subir O Cebreiro por pista de montaña y no por carretera. De hecho, le tengo que dar la razón, puesto que el Camino tiene un inicio, un desarrollo y un final. Inicio es allí donde empiezas, donde tanteas, donde observas, donde poco a poco vas aprendiendo de los demás, vas dejando que te aconsejen, vas creciendo como peregrino.

"El Camino de Santiago es como el camino de la vida", me dijo el ciclista que tuvo el valor de subir O Cebreiro por pista de montaña y no por carretera. De hecho, le tengo que dar la razón, puesto que el Camino tiene un inicio, un desarrollo y un final.

Inicio es allí donde empiezas, donde tanteas, donde observas, donde poco a poco vas aprendiendo de los demás, vas dejando que te aconsejen, vas creciendo como peregrino.

El desarrollo viene con el día a día, experiencia tras experiencia y reto a reto. Vas conociendo tu cuerpo, tus límites, tus metas y marcas. Ahora eres tú quien aconseja, quien da ánimo y calor a aquél que está en el inicio.

El final (objetivo, meta) es la recompensa/resultado de tanto sacrificio y esfuerzo. Es el momento de reflexión, de ver fríamente todo lo logrado, todo lo que has superado, todo lo que has dejado atrás.

Mi Camino en particular ha seguido esta línea en todo momento: empecé, me formé y llegué.

Llegada a León

Recuerdo la semana previa a mi aventura: preparar minuciosamente la que se iba a convertir durante unos días en mi casa ambulante. Hacer la mochila supuso todo un reto para mí, pues cada vez que salgo de casa parece que no vaya a volver en meses. La verdad es que fue fácil, me asesoré muy bien por familiares, amigos y compañeros que ya habían hecho el Camino.

Aún así, mi casa ambulante era más compleja que la de los demás, porque yo empezaba el Camino en otoño y eso suponía poner ropa de abrigo, con lo que mi mochila estaba condenada a pesar más.

Aquel sábado 29 de septiembre (creo que uno de los días más lluviosos, hasta la fecha, de este año) fue caótico en todos los sentidos: mi tren salía a las 21:00 horas, eran las 11 de la mañana y no tenía mochila. Corre al Decatlhon y empieza a mirar la que va a ser tu compañera de viaje durante horas y horas, días y días.

Al fin me decido por una de 40 litros. Vuelvo a casa con la mosca detrás de la oreja porque no estoy muy convencida de que me vaya a caber todo en la mochila.

¡Por fin tengo la mochila lista! Me sobra espacio, la peso: 8 Kg., una bestialidad. Asesoran y aconsejan que tu mochila no debe pesar más del 10% de tu peso. En mi caso deberían haber sido 5 Kg., ¡IMPOSIBLE!

Salgo de casa en dirección al metro, estreno la capa, el chubasquero de la mochila y pongo a prueba el Goretex de mis botas de montaña. Llegada triunfal a Sants Estació: ¡Empapada!

El viaje no estuvo mal. Transcurrió durante la noche y pude dormir hasta las 5:30, cuando me avisaba el revisor de que llegábamos a destino.

Al bajar del tren lo primero que hice fue tomarme un buen café con leche y comer algo.

La madrugada en León era fría. Un frío seco que compensaba con la radiante luna llena que acompañaba aquella noche.

Y aquí empecé, en León. A partir de este momento me deparaban retos muy duros: superarme a mí misma; rectas muy largas bordeando la Nacional; conocer, experimentar y convivir en los albergues; aprender a caminar con dolor; aprender de los demás... Empieza mi aventura, empieza Mi Camino.