Buscar
07:02h. Jueves, 25 de Abril de 2019

Hay otros mañanas

Estos días he ido motivando mi corazón ante la maratón número 100, felicitándome por las 99 anteriores, alabándome por llegar a esta interesante pero no definitiva cifra. Pero, sinceramente, creo que no lo he logrado.

Decidí que la maratón 100 sería la Marató d'Empúries, una prueba que me ha visto ganar dos veces. Empúries es la maratón más bonita e interesante, pero su soledad y su calendario la pueden llegar a convertir en agónica. En mí creó el efecto contrario, la soledad me construyó buenos ritmos y más motivaciones interiores, el calor y la inexistencia de sombras acarician mi cuerpo y suavizan cualquier sufrimiento. Allí en Empúries se entrelazaban todas mis sensaciones positivas y me empujaban al éxito, sin importar mi preparación. El sol era mi mejor amigo y la soledad otra gran compañera de baile de esa eterna fiesta que es el maratón.

Así que no dudé que la maratón 100 debía ser allí, y por eso no me importó hacer un día antes los 100 km de Belves y renunciar a unos primeros puestos en la clasificación por un meritorio tiempo de llegada. La carrera de 100 km del día anterior obligaría a mis piernas a realizar ritmos lentos pero regalaría a mi alma estupendos momentos entre compañeros que sólo puedo saludar en pequeños instantes.

 

Correr es observar, pensar y disfrutar

Pero el domingo Empúries no fue mi Empúries. Podríamos hablar de esta estupenda locura de venir de hacer 100 km, pero la realidad es que no fue un día para correr: mis piernas necesitaban calor y mi alma motivación, y no encontraron nada de ello. Encontraron frío, lluvia, un fortísimo viento y unos paisajes terriblemente grises. Así, observando cómo mis doloridos pies tendían a enfriarse más, mi mente empezó a buscar dónde agarrarse. Y se agarró a otras metas, a otros lugares, a otras maratones.

Tengo 33 años, la distancia maratón me encanta, la amo por todo lo que me ha dado y porque jamás me ha hecho llorar. Sufrir es correr, sufrir es llegar a meta. La amo porque de ella me llevo buenos recuerdos, he tenido maratones con peores condiciones que ayer, sin duda, pero al fin y al cabo eran una más y ayer no debía ser una más. Quiero correr la 100, y las otras que la sigan, disfrutándola, que aunque vaya a ritmos lentos, destrozado físicamente por mis siempre eternas locuras, observe el cielo y me sonría, observe el paisaje y me alegre los ojos. Siempre dije que correr es observar y pensar, disfrutar. Ya habrá otros días en que pueda observar, pensar y disfrutar.

No debemos pensar en lo definitivo. Los momentos pasan, forzar el futuro no nos hará disfrutarlo, el futuro llega sin darnos cuenta, las distancias son incomprensibles. Comprender la fugacidad del presente y convertir el futuro en algo espontáneo nos hará construir instantes maravillosos, no hay que esperar nada del mañana porque hay muchos mañanas. Y mañana correré la maratón número 100, será sólo un instante y dejará de ser mañana.