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20:12h. Sábado, 16 de Febrero de 2019

Mi Camino - Último capítulo: Santiago-Finisterre

Después de un alto en la mágica ciudad de Santiago, decidí que Mi Camino no había terminado. Sentía que necesitaba más. Algo me faltaba, tenía que llegar al océano. Allí algo me esperaba. Así pues, empecé la marcha de nuevo. Tenía por delante tres días en los que no sabía qué me iba a encontrar, ya que el epílogo a Finisterre no está tan masificado.

Después de un alto en la mágica ciudad de Santiago, decidí que Mi Camino no había terminado. Sentía que necesitaba más. Algo me faltaba, tenía que llegar al océano. Allí algo me esperaba. Así pues, empecé la marcha de nuevo.

Tenía por delante tres días en los que no sabía qué me iba a encontrar, ya que el epílogo a Finisterre no está tan masificado. Son tres días muy diferentes a lo que estás acostumbrado: hay más edificaciones, se cruzan más carreteras, ya no está el ambiente campestre tan a la vista. Se notaba en todo momento la cercanía del océano, por la vegetación, por la climatología, por la forma de las casas, por el carácter de la gente...

En estos tres días me acompañaban bosques de eucaliptos y robles, lo que me hacía llenar bien los pulmones de aire para luego soltarlo lentamente. Una sensación verdaderamente agradable.

El camino te conduce por poblaciones tan bonitas como Ponte Maceira, con su majestuoso puente sobre el río Tambre; Olveiroa, última localidad con ambiente de montaña; y pueblos pesqueros bañados por el atlántico, como Cee y Corcubión.

Mi objetivo era ver el agua, lo que me recuerda a la primera vez que la intuí, a lo lejos. Se divisaba un barco pequeñísimo. Quedaba poco, estaba llegando.

Para alcanzar el océano, el camino te conduce en su última etapa por un andadero de unas cuatro horas. Este último empujón está lleno de emociones: subes muy alto y desde arriba ves lo invisible, ves el infinito, ves un juego de azules en los que no sabes diferenciar el agua del cielo. Todos los peregrinos íbamos parando cada pocos metros para deleitarnos con los paisajes y hacer fotos. A todos nos resplandecía la cara e irradiábamos felicidad porque, después de tantos kilómetros, horas y días, veíamos el fin.

Recuerdo que para llegar a pie de playa había unas bajadas bastante pronunciadas y rocosas que, ni corta ni perezosa, descendí corriendo, siempre con una sonrisa en la cara. Tenía muchísimas ganas de tocar el agua. Era un día de octubre radiante, con el calor moderado y justo para quitarte la ropa en la zona de Langosteria, darte un rápido chapuzón y corretear como si no hubiera mañana por la orilla, como si no hubiera caminado, como si no estuviera cansada. Y es que ya había conseguido mi propósito, me había reencontrado con mi objetivo. Ya estaba en Finisterre.

Gracias a un guarda-bosques del Ayuntamiento de Finisterre llegué al faro justo para ver la puesta de sol, pues se me había hecho muy tarde jugando en la playa. Quizás fue la puesta de sol más dolorosa y bonita que haya visto nunca. Estaba en el “Fin del Mundo”. Empecé a contar de cero, empezó de nuevo mi vida.

Ésta ha sido mi experiencia, Mi Camino. Debo dar las gracias a muchas personas que me ayudaron en todo momento, en especial a una. Las gracias por los ánimos cuando más lo necesitaba. Las gracias a mi guía, a mi luz. Y también incito a todo el mundo a que se embarque en esta aventura. Realmente tiene algo que engancha, que purifica, que hace que llegue de vuelta a tu ciudad una persona nueva.